sábado, 5 de septiembre de 2009

Una de esas frías mañanas de invierno

Se levanta esa mañana, una de esas mañanas en el que el cielo es gris y la calle es fría, ese frío que se siente como levitando por sobre los adoquines invernales, casi primaverales. Pero para llegar a la primavera hay que pasar por esos días invernales que contienen calor, ese calor molesto, que uno no ve ni termina de sentir, uno no ve el Sol, no ve la luz, no ve las remeras cortas y los pantalones livianos; solo camperas húmedas y jeans apesadumbrados por la mohosidad de los adoquines que yacen por debajo de ese frío con calor oculto que uno siente al salir de su casa.

Es un poco tarde, en otros momentos consideraría que ese horario es temprano pero hoy es tarde, para lo que va a hacer, para el tiempo que tiene, para estar con ella, hoy es tarde, va a poder hacer y estar pero hubiera deseado salir más temprano para estar y hacer más.

Sin desayunar sale a la calle a esperar un húmedo colectivo cargado de pensamientos de gente alicaída que va a trabajar una mañana propicia para taparse hasta la nariz con la sábana favorita o tomar unos mates escuchando su disco preferido de música para lluvia y días de invierno. Al fondo de la calle se acerca el colectivo. Sin sacar las manos de los bolsillos se apresura para llegar a la parada antes que lo haga el vehículo. Le resulta molesto tener que acelerar el paso en esa mañana propicia para mirar la tele acariciando al perro que sin permiso, con cautela y cara de hambre invade la cama o para servirse un café con crema y amarettis y leer la revista que siempre compra. Pero acelera el paso pensando que de esa manera llegaría antes a la casa de la muchacha que lo espera recién levantada y estaría mucho mejor, si no aceleraba el paso debía quedarse a esperar el próximo colectivo, parado en esa esquina mientras pasa el barrendero limpiando el borde de la calle y la llovizna amaga a mojarle la cara de lleno.

Sube al colectivo que llega dos segundos después que él a la parada, saluda al chofer como siempre hace al subir a los colectivos y le pide un boleto al precio mínimo. El chofer devuelve el saludo mirando por uno de los espejos retrovisores, por el que está más a la derecha, uno que está como un poco más abajo de los que están por sobre el parabrisas del lado de adentro; los colectivos deben tener como quince espejos retrovisores acomodados por todo el vehículo y se hace complicado explicar por cuál miraba el chofer al momento de devolver el saludo en un tono amable a pesar del pesado día.

Escuchando la radio viaja sentado los pocos minutos de recorrido hasta la parada ubicada a tres cuadras de la casa de ella. Se baja del colectivo y una ráfaga de viento le echa el pelo hacia atrás; no es largo pero tampoco es corto, es una maraña de pelo no tan lacio pero tampoco enrulado. No le importa mucho, al contrario, sonríe un poco al sentir el aire fresco en su cara luego de viajar en esa caja metálica llena de caras soñolientas y pensamientos pesados. Camina las tres cuadras que lo separan de la casa de su novia, de esa mujer que con solo sonreír puede curarle cada dolor y sentimiento oscuro y vacío que a veces habitan en él, ama verla sonreír porque le hace bien a ella y le hace bien a él, siempre busca su sonrisa así como ella busca que él la haga sonreír.

Golpea la puerta de chapa 3 veces y tras un instante ella se hace presente vestida de entrecasa, con cara de dormida y el pelo agarrado con hebillas, un peinado que claramente demuestra que no está peinada, a él no le importa, le gusta de todas formas, como siempre dijo: “una mujer es bella cuando recién levantada es bella”. Al besarla con una sonrisa se siente satisfecho de haber llegado, quizás no a la hora que deseaba llegar para poder estar y hacer todo lo que le gustaría hacer con ella pero nunca alcanza el tiempo para estar y hacer todo lo que le gustaría hacer con ella porque para él estar con ella una mañana de cielo gris, calle fría y adoquines mohosos es mejor que tomar café, comer amarettis, escuchar su disco preferido de música para lluvia y días de invierno, taparse hasta la nariz con su sábana favorita, leer la revista que siempre compra y acariciar al perro que sin permiso, con cautela y cara de hambre invade la cama.

Dante Karnstein

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