martes, 19 de enero de 2010

Una de esas calurosas mañanas de verano

Se levanta esa mañana, una de esas mañanas en las que el cielo es azul claro y el sol abraza las calles, ese ameno calor veraniego lleno de vigor y alegría. A veces es un calor molesto pero a la mañana aún es tranquilo y compañero, junto con una brisa relajante que lo despierta a uno plácidamente. Se levanta esa hermosa mañana extrañando el perfume de su pelo.

Es temprano, bastante temprano, pero no tiene mucho que hacer más que cumplir con su obligación laboral así que apesadumbrado se levanta y desayuna. Le gustaría tener otras cosas para hacer pero no hay más. Desayuna lentamente extrañando su mirada.

Desayunado y listo para la acción de la calle sale de su casa a esperar un caluroso colectivo lleno de pensamientos de gente que desea estar de vacaciones en la costa o la montaña en lugar de estar prendido a un sucio caño de metal. Una mañana propicia para salir en manga corta y caminar escuchando su canción favorita para días de calor y brisa matutina. Al fondo de la cuadra se acerca el colectivo. Se apresura para llegar a la parada antes que lo haga el vehículo y no llegar tarde a la oficina. Sube al colectivo que llega dos segundos después que él a la parada, sube extrañando su sonrisa.

Saluda al chofer por lo bajo y le pide el boleto. El chofer devuelve el saludo mientras se pone los anteojos oscuros, se saca uno de los auriculares y acomoda el ventiladorcito de metal agarrado a unos de los caños. No quiero imaginar cuán sudoroso deber ser un asiento de chofer de colectivo, es un largo viaje bajo el sol. Escuchando uno de sus discos favoritos viaja parado, luego sentado. Un viaje de aproximados cuarenta minutos en los que extraña su voz, sus besos y su piel.

Se seca el sudor de la frente y baja del colectivo, se pone los lentes de sol y trata de acomodarse la maraña de pelo. Intenta estar mínimamente presentable para entrar a trabajar. Cruza la avenida y toca el timbre de la oficina que lo tiene esclavo nueve horas diarias. La puerta se abre, sube dos pisos por escalera, saluda a sus compañeros y enciende la computadora. Comienza a trabajar una mañana propicia para salir en manga corta y caminar escuchando su canción favorita para días de calor y brisa matutina, tomar el colectivo, golpear la puerta de chapa tres veces y esperar a que ella se haga presente con su cara de dormida, su vestimenta de entrecasa y su pelo agarrado con hebillas, un peinado que claramente demostraba que no estaba peinada pero que a él no le importaba.

Dante Karnstein

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